Folk Horror
El Folk Horror: cuando lo divino nos aterra
Piensa en esto: una cabaña en medio del bosque a la noche, un espíritu caótico que se cuela en la calidez de tu hogar rompiendo todo el orden. O quizás vayamos por algo más con un culto: mujeres y hombres bailando alrededor de una persona en llamas, vestidos de pieles de animales, con cantos que no entiendes. Esta es la estructura del folk horror, donde todo lo que conoces se derrumba y da paso a un terror diferente.
No hay monstruos, solo están las raíces antiguas, donde es el ciclo de la naturaleza, así como las creencias sobre deidades caóticas y que rompían el orden social. Es el bosque el principal escenario, las zonas alejadas y un miedo humano: el terror a lo desconocido, a aquellas creencias que nos parecen ajenas a esta época moderna. Los dioses caóticos del bosque, los “incivilizados” son centrales en estos relatos: encarnan el bosque, la noche, los animales. Encarnan la naturaleza y sus peligros, reflejando nuestro miedo a aquello incontrolable.
Contrario al terror que estamos acostumbrados —con monstruos, fantasmas, virus, maldiciones, etc—, el folk horror nos lleva por otro camino: es la ruptura de la sociedad lo que nos aterra, junto al orden antiguo de la naturaleza.
Nacimiento del término
El término folk horror comenzó a utilizarse entre críticos del cine británico para describir un tipo de terror rural, profundamente ligado a lo folclórico y a creencias campesinas. Films como The Wicker Man (1973), La Bruja (The Witch, 2015) o Midsommar (2019) se convirtieron en referentes. Pero reducir el folk horror al cine sería empobrecerlo.
Se trata de un terror que evoca un miedo medieval, donde la naturaleza no era parte del orden divino, sino era considerada como una oposición; lo salvaje no formaba parte de Dios, sino era denominado como "diabólico" al no responder a las leyes del orden y la razón. Pero no cualquier tipo de obra puede ser catalogada como tal, sino que tiene que poseer una estructura particular para ser considerada como tal:
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El aislamiento: en cada obra de Folk Horror nos encontramos a personajes que son obligados o, a causa de situaciones particulares deben abandonar la ciudad y por ende, todo aquello que conocen.
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La naturaleza: es el escenario principal, esta ahí, rodea a cada personaje y actúa como una fuerza que nos hace cuestionar lo que conocemos, así como también quebranta el orden al que los personajes están acostumbrados.
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Creencias: los ritos paganos, las supersticiones e incluso dioses antiguos se encuentran plagados en estas obras. Los ritos son de un carácter inquietante —junto a las supersticiones— pero todos ellos van de la mano con deidades antiguas relacionadas al orden antiguo: el ciclo de la vida y la muerte, la ley de la naturaleza.
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Ruptura del mundo moderno: algo que venimos desarrollando. El hombre moderno se quiebra, junto a todo lo que conoce, siendo impotente ante las fuerzas ancestrales. El Folk Horror no busca asustarnos con fantasmas o demonios, ni maldiciones, no se trata de lo oculto, ni de brujas grotescas. Sino de hubo algo antes de ti y de cualquiera de nosotros y sigue aquí. Y nuestro mundo no es nada contra esas fuerzas primordiales.
Los dioses y demonios
En las obras del Folk Horror suele aparecer una comunidad que adora lo antiguo, lo ancestral. En muchos casos se trata de dioses que el cristianismo buscó erradicar, y en otros, de figuras demoníacas que emergen desde la naturaleza. Pero esto, ¿a qué se debe? Para entenderlo, debemos hacer un breve recorrido histórico y simbólico. Durante la expansión del cristianismo —especialmente desde el Imperio Romano tardío—, los antiguos dioses paganos fueron progresivamente demonizados. El nuevo orden religioso necesitaba un enemigo que encarnara el caos, la tentación y lo instintivo, y encontró esos rasgos en los viejos dioses de la naturaleza.Así, la figura del Diablo terminó construida a partir de múltiples arquetipos antiguos:
- Pan o Fauno, divinidades grecorromanas de los bosques y la fertilidad. Se utilizó este lado indomable y cruel de la divinidad, donde la naturaleza no tiene reglas, ni piedad.
- Dionisio, dios del vino, el éxtasis y la locura mística. Este último lado, donde el éxtasis borraba los límites entre lo correcto e incorrecto, fue crucial para el desarrollo del mal.
- Cernunnos, el dios astado celta, señor de los animales y los ciclos naturales. Con él, la naturaleza dejó de ser señalada como algo divino y comenzó a ser tachada de maligna e incluso, escapada del orden divino.
Con todas estas deidades juntas, se creó a una criatura híbrida, mitad humana y mitad bestial, símbolo de los impulsos reprimidos y de la fuerza indómita de la naturaleza.
¿Pero qué importancia tiene la fusión entre lo animal y lo humano?
En la antigüedad y durante la Edad Media —época en que la mayor parte de la población era analfabeta—, el pensamiento dominante asociaba la belleza física con la pureza del alma. Las instituciones eclesiásticas recurrían a las imágenes como medio educativo y moralizante: a través del arte se enseñaban virtudes y se advertía sobre los pecados.En ese contexto, las personas con deformidades o características consideradas “anormales” eran interpretadas como portadoras de una corrupción espiritual. La forma física se veía como reflejo del pecado o de la influencia demoníaca. La tradición de los bestiarios medievales, donde los animales simbolizaban virtudes o vicios humanos, reforzó esta visión: los cuerpos híbridos o bestiales representaban almas impuras, castigadas por sus excesos o desvíos. Tampoco puede ignorarse la mirada hacia las mujeres. Las creencias patriarcales, reforzadas por la interpretación bíblica de Eva como origen del pecado, asociaban lo femenino con la tentación, la debilidad moral y el contacto con lo demoníaco. Así, muchas imágenes de mujeres demonizadas o con rasgos animales sirvieron para advertir contra aquellas que no se ajustaban a los modelos tradicionales de pureza o sumisión.
La naturaleza como enemigo divino
Durante el Medievo, la naturaleza fue vista con recelo: era lo salvaje, lo que escapaba del control divino y humano. Se consideraba un ámbito primitivo, alejado del orden celestial, y por ello se la vinculaba con el Diablo —podemos llegar a decir, que debido a la condena de los dioses antiguos, donde los mismos eran considerados “dioses falsos” atribuidos a demonios disfrazados, incluso sus acompañantes animales fueron catalogados como demoniacos: lechuzas, cuervos, cabras, vacas, gallos, etc—. De ahí que las representaciones demoníacas adoptaran rasgos animales, combinando lo humano y lo bestial para mostrar lo “antinatural”.
La imagen más conocida de Satanás, aquella del macho cabrío, condensa esta visión moralizante con aquella fusión entre lo humano y lo animal. Cada elemento de su cuerpo tenía una lectura simbólica:
- Macho cabrío: representaba el orgullo y la obstinación.
- Senos femeninos: simbolizaban la lujuria y la mezcla de géneros, considerada una corrupción del orden natural.
- Alas de cuervo: asociadas a la muerte y a los presagios funestos.
- Patas de cabra: símbolo de la terquedad y la conexión con lo terrenal.
Estas imágenes fueron fundamentales para construir el imaginario colectivo del Diablo al que todos tememos. Sin embargo, el Folk Horror retoma esas mismas representaciones nacidas del cristianismo medieval, pero no para condenar la naturaleza como algo incorrecto, sino para revivir la memoria de los dioses ocultos: antiguos, silenciados, pero aún sobrevivientes y que resisten al paso del tiempo.
El bosque: una mirada profunda hacía lo que representa
Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo que en sus primeros años mantuvo cercanía con Sigmund Freud —de quien más tarde se separó por diferencias teóricas—, nos ofrece en su obra Los arquetipos y el inconsciente colectivo una comprensión simbólica y colectiva del bosque. Por ende, nos referimos a este espacio dentro del campo psicológico:
El bosque representa el espacio del inconsciente. La forma en que lo imaginamos —luminoso y apacible o sombrío y amenazante— refleja la organización de nuestro propio mundo interior. Allí donde habitan los miedos, las pasiones y los deseos reprimidos, se erige este paisaje psíquico.
El bosque no responde a la moral humana: no es ni bueno ni malo. Es ambas cosas a la vez, una totalidad que une la creación y la destrucción, la vida y la muerte.
La naturaleza no distingue entre lo sagrado y lo profano; simplemente es, siguiendo su propio ritmo de transformación, instinto y equilibrio. Por eso, para muchas culturas, el bosque se convierte en un espacio sagrado, habitado por fuerzas que escapan al control de los hombres
En los mitos y folclores de distintas regiones, el bosque es el hogar de seres ambiguos: ni totalmente benignos ni completamente malignos.
Las hadas del folklore irlandés, lejos de ser dulces guardianas, eran criaturas traviesas, justicieras e incluso crueles; las ninfas griegas, símbolo de la vitalidad femenina, podían ser tanto protectoras de las aguas como víctimas del deseo divino; los duendes europeos, caprichosos pero domésticos, actuaban como guardianes del hogar o del campo. Estas criaturas representan los múltiples rostros del alma humana: lo luminoso, lo travieso, lo erótico, lo violento.
El bosque, como la psique, alberga tanto al cazador como a la presa. Esa circularidad —ese orden natural que a nosotros puede parecernos cruel— sostiene un equilibrio invisible, una armonía que los antiguos reconocían como divina. Tal vez ese equilibrio, incomprendido por el hombre moderno, sea la razón por la que las civilizaciones antiguas consideraban el bosque un lugar sagrado.
Resulta curioso observar que, salvo en la tradición cristiana, casi ninguna religión concibe el bosque como un lugar impuro. Para las culturas nórdicas, celtas o eslavas, el bosque era morada de los dioses y portal entre mundos; en Japón, los árboles eran santuarios (shinboku), moradas de los kami; y en la antigua Grecia, los bosques sagrados (alsos) eran sitios de culto a Artemisa, Pan o Dionisio.
El cristianismo, en cambio, vio en el bosque un espacio de tentación y peligro: el refugio de lo irracional, de los paganos, de las brujas y de los demonios. Aquello que se escapaba de las manos del hombre era automáticamente tachado de ser demoniaco. Esa reinterpretación — proveniente del medievo — transformó el santuario natural en símbolo de lo prohibido.
A su vez, tenemos este carácter femenino y masculino que no podemos ignorar, y lo que provoca que el imaginario cristiano haya señalado este lugar como el refugio de las brujas. Dentro de la naturaleza nos encontramos con dos arquetipos:
- El Padre, guardián del terreno y de las criaturas que lo habitan. Exige respeto y reverencia al ingresar en sus dominios. Representa el orden natural y la justicia salvaje.
- La madre: dadora de vida y organizadora del ciclo. Es la tierra fértil, la esencia misma del bosque. Su poder creador lleva también un profundo carácter erótico, lo que explica por qué el cristianismo —al demonizar la sexualidad femenina— transformó esta imagen en la de la bruja, la mujer que pacta con lo prohibido.
De esta fusión entre lo masculino y lo femenino, entre la protección y el deseo, nace el misterio del bosque, y lo que, podemos conectar la decisión de antiguas civilizaciones para considerarlo sagrado. Algo que el cristianismo no pudo comprender.
Así, el bosque fue marcado como territorio del diablo, lugar donde las brujas danzaban y la naturaleza desobedecía al orden divino. Y la mujer —asociada a la luna, al cuerpo, a la noche— fue también condenada a ese mismo espacio simbólico debido a que, el pensamiento medieval, creía que la mujer era más propensa a ser tentada debido al pasaje del génesis donde Eva era engañada para comer del fruto prohibido.
El hombre teme al bosque no solo por razones evolutivas, sino por herencia cultural.
El eco de la teología medieval aún resuena: el bosque como tentación, la oscuridad como mal, la mujer como peligro. Es un miedo ancestral, un reflejo de la represión colectiva ante lo indomable.
No tememos al bosque porque allí haya monstruos, sino porque en él reconocemos nuestra propia sombra —aquello que, según Gustav, reprimimos en nuestro interior y se ve reflejado en el salvajismo del bosque.

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