Los cultos a la luna

 

Los cultos hacía la luna


La luna compartió la caída de sus hijas. 

Lejos quedaron los tiempos en que la luna de Egipto devoraba el sol al anochecer y al amanecer lo engendraba, la luna de Irlanda sometía al sol amenazándolo con la noche perpetua y los reyes de Grecia y Creta se disfrazaban de reinas, con tetas de trapo, y en las ceremonias sagradas enarbolaban la luna como estandarte. 

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Ella, la luna, era la señora de los mares y de los manantiales y la diosa de la tierra. Con el paso de los tiempos, perdió sus poderes. Ahora sólo se ocupa de partos y enfermedades. En las costas del Perú, la humillación tuvo fecha. Poco antes de la invasión española, en el año 1463, la luna del reino chimú, la que más mandaba, se rindió ante el ejército del sol de los incas.  

—Eduardo Galeano, Espejos; Victorioso sol, luna vencida

 


La luna es a día de hoy objeto de admiración, conocemos los peligros que la noche nos aguarda, muchas veces en la cultura hemos optado por asociarla a un mundo de magia oscura, donde las brujas están conectadas a su ciclo, buscando generar una mirada negativa. Las supersticiones respecto a los cambios de los ciclos y fenómenos lunares hoy en día nos persiguen como una huella cultural de lo divino.


Hemos de recordar que la luna ha estado presente desde tiempos antiguos. No solo fue objeto de estudios, sino que en tiempos anteriores a la ciencia, llegó a ser considerada muchas veces una deidad suprema, conectada no sólo a los partos y las mujeres, sino que estaba conectada a la sabiduría; la vida y la muerte; los mares y océanos; y a la agricultura. Estas creencias no fueron meras supersticiones: la ciencia moderna confirmó que los mares y las cosechas se ven afectados por los ciclos lunares. Lo verdaderamente interesante es que, en tiempos arcaicos, nuestros ancestros parecían comprender a la luna con una profundidad que hoy hemos perdido.


El dios masculino mesopotámico: Nanna 


Un ejemplo de esto es el dios Nana—conocido por otros nombres como Nannar o Sin —, la deidad mesopotámica de la luna, el viento y el cielo, comúnmente se le designaba como En-zu, lo que significaba “señor de la sabiduría”. Era protector de los pastores, por ende se encontraba relacionado con la agricultura, el tiempo —esto debido al calendario lunar—, así como también el controlador de las mareas. Representado como un anciano con cuernos y barbas de lapislázuli , muchas veces montado en un toro alado.


El simbolismo de la luna con este dios, no es solo de los cielos, sino que también muestra la conexión con la sabiduría, la agricultura e incluso la muerte —en textos antiguos se relata la bajada de sus padres, mientras Nanna aún estaba en el vientre de su madre. Es uno de los dioses principales del panteón de la mitología sumeria, llegando a formar la poderosa tríada con sus dos hijos:

Ishtar/Inanna: diosa de la guerra y el amor, relacionada con el planeta venus.

Utu: dios del sol, la justicia y la verdad.


Por estos hijos, Nana fue titulado como rey de los dioses o señor de los cielos, contrario a representaciones posteriores de la luna, esta deidad masculina no solo ejercía como principal gobernante, sino que marcaba una importancia al momento de ver a su descendiente Utu —el sol—; la luna había aparecido antes que la luz.


La luna en las mitologías sudamericanas


Chía, la luna como esposa del sol


Proveniente de la mitología y religión de los pueblos muisca/chibna en Colombia nos encontramos con creencias ligadas a la naturaleza, dividido en tres partes:

  1. Firmamento: llamado como Guatquyca, se refiere al “mundo de arriba” donde habitan los dioses principales, el sol (Sue) y la luna (Chía), junto a otras deidades.

  2. Tierra: conocido como Quyca y aquí juega un papel importante los espíritus elementales que habitan la naturaleza siendo considerados deidades.

  3. Inframundo: conocido como Tynaquyca el “mundo de abajo”, lugar donde los muertos no solo habitan, sino que deben atravesar un largo recorrido hasta llegar a un lugar en las entrañas de la tierra, donde un nuevo sol y una nueva vida los aguarda. 


Estos tres mundos se encuentran, según las creencias, vinculados y relacionados, pero la verdadera conexión solo puede realizarse mediante ceremonias y rituales que incluyen bailes, cantos.


Continuando con los dioses del firmamento, en esta mitología el sol y la luna son esposos y a través de esta unión se mantiene un equilibrio constante, entre el mundo de arriba y la naturaleza del quyca.

La diosa Chía —o Chíe— no solo es la diosa que representa la luna, sino que también es símbolo de los placeres mundanos, siendo la protectora de los bailes y las artes. Esta conexión con lo mundano, ha permitido que se cree  variantes en la misma zona, donde el origen de Chía lo sitúan con la diosa Bachué —diosa madre del pueblo muisca — la cual fue convertida en la luna para acompañar a Sué —el dios sol de los muiscas. Su culto que ha día de hoy sobrevive a través de los movimientos paganos y las festividades que mantienen la mitología, está relacionada fuertemente con la tierra, los placeres mundanos y la fertilidad.



La luna en Chimú: Quillapa Huillac


En la cultura preincana del Perú, nos encontramos con una nueva visión de la religión politeísta, donde el cielo cumplía un papel primordial, pues la muerte no era el final de las cosas, sino que se trataba de una vida ultraterrenal en las estrellas, donde el hombre seguía habitando otras esferas de mundos, esto marca importancia cuando descubrimos que este pueblo poseía un fuerte culto y adoración a la luna.

La luna, Quillapa Huillac, era mucho más poderosa que el Dios Sol, esto por su influencia sobre el crecimiento de las plantas, las atribuciones al alboroto del mar y las tempestades, así como también marcadora del tiempo. Así mismo, también cumplía un rol de castigadora y justiciera. 


Su control iba más allá de la noche, pues los chimus la consideraban poderosa al punto que podía devorar al sol durante los eclipses e incluso gobernar los días.

Tristemente no conocemos mucho de ella, la derrota del pueblo chimus por parte de los incas provocó una asimilación y transformación de la diosa para incluirla en su panteón como estrategía de conquista religiosa, convirtiéndose en la diosa Mama Quilla.


Mamá Quilla era considerada madre del firmamento, marcaba las épocas de las cosechas, pero quedó relegada a las mujeres, los ciclos menstruales y el matrimonio. Su culto estaba formado por fieles seguidoras, ya que, solo la diosa podía comprender a la mujer, sus deseos y temores, brindándoles el amparo que buscaban.


De esta forma nos encontramos con un modelo de la luna como mujer independiente y poderosa dentro de la cosmovisión de los pueblos de la antigua sudamérica; se trata de alguien que mantiene el equilibrio y ofrece el amparo maternal. Quizás en el caso de Chimú nos encontramos con una luna que se escapa completamente del rol femenino —comprendiendo el mismo como madre y esposa—, sin embargo a día de hoy el misticismo sobrevive en estos territorios, manteniéndose firme en creencias denominadas “las creencias de abuelas”, que podrían ser una huella de nuestros antepasados.


Sin embargo, ahora exploraremos la figura que ha tenido mayor influencia no solo en la literatura, sino en el pensamiento colectivo al punto de impactar en los filmes y producciones cineastas, digitales que nos atraviesan incluso en la actualidad:



La luna en Occidente


Contraría a las representaciones que hemos observado en las culturas sudamericanas, donde la luna demuestra un poder superior al sol e incluso tiene mucha más importancia, en occidente la luna tiene un rostro diferente, distante pero que aún así está ligado a otra visión de lo femenino.


La luna fragmentada: Selene, Artemisa y Hécate


Hemos de viajar a la cuna de la sabiduría, Grecia. En este contexto, nos encontramos con una luna que no representa un poder absoluto, sino que posee tres rostros para simbolizar su naturaleza diversa. 


Selene, la distante


Hermana del Dios Helios —personificación del sol—se consideraba la personificación de la luz lunar. Es a ella quien le debemos la construcción e influencia en las representaciones artísticas de la luna como amante. Dentro de este aspecto como amante, destaca el mito del romance con el pastor mortal Endymion. Según el mito, Selene se enamoró profundamente de Endimión, a quien Zeus le concedió el sueño eterno, lo que le permitió permanecer siempre joven y hermoso.

Selene no solo encarna la belleza de la luna llena, sino que también simboliza la dualidad entre luz y oscuridad. Según los griegos, su presencia era esencial para facilitar las actividades agrícolas —desde el crecimiento de los cultivos, hasta el cuidado del ganado—. De esta forma, a través de este rostro, la luna cumplía un papel como guardiana del mundo natural. Sin embargo, Selene fue señalada por autores posteriores como Artemisa —Diana para los romanos— , y lo mismo sucedió con Helios, siendo señalado como Apolo —esto especialmente con el autor romano Cicerón. 


En la corriente religiosa del orfismo se consideraba que la luna —Selene—había sido creada por la deidad primordial Fanes —una deidad que encarna los principios con los que el universo fue creado, desde el desorden, la luz, el amor, entre otros—. En estas prácticas incluso se llega a hablar de una tríada lunar: Diana, Hécate, Luna. 


Artemisa, la cazadora virgen:


Hermana gemela del dios Apolo —quien sería identificado posteriormente como deidad solar—, se trataba de la diosa de la caza, los animales salvajes, los bosques y la montaña. Se la consideraba protectora de las doncellas y la virginidad, así como también de los partos. Lo cierto es que no comenzó como diosa lunar, pues su reinterpretación como tal surgió tiempos posteriores, donde la figura de Selene fue desplazándose, de allí que logremos observar representaciones que poseen la luna creciente sobre su cabeza. 

Continuando con el contexto de la luna, Artemisa no actúa como astro lejano, sino como límite entre lo civil y lo salvaje, poseyendo una naturaleza dual al ser la diosa de la cacería y, a su vez, la diosa de los animales salvajes. Artemisa es virgen, no desea una relación amorosa e incluso el amor —Eros—es incapaz de alcanzarla. 


Se trata así, de una representación de la luna como doncella pero no pasiva, sino justiciera y mantiene no un orden cósmico, sino un orden en la naturaleza. 


¿Qué sucede con Hécate?

Usualmente, debido a la influencia las corrientes religiosas, esta diosa ha sido asimilada como una diosa lunar, sin embargo, es difícil señalar su origen, pero se considera que proviene de tiempos más antiguos y se adaptó a Grecia a través de Tracia, de esta forma tomó elementos de diosas existentes.

Hécate no es una diosa lunar, pero su relación con la noche está ligada a que entre sus títulos se encuentra como la protectora del hogar contra el cruce entre el mundo espiritual y el mundo terrenal; a su vez era protectora de los viajeros debido a su invocación como diosa de los caminos y las encrucijadas —tomando así  el papel de dos dioses; Hermes y Artemisa—.


Su relación con la noche no solo depende de su papel en el inframundo, sino también debido a las diversas versiones de los mitos que suelen atribuir su nacimiento a Nyx o al Tartaro, así mismo la influencia de los cultos dedicados a Artemisa permitieron esta transformación del papel lunar. El movimiento que influyó en esta transformación y asociación con la luna fueron los círculos órficos, donde muchos autores lo han relacionado con una tríada lunar: la luna, Diana y Hecate.

La diosa finalmente adquirió un papel lunar estrechamente vinculado a lo místico y la magia, esta figura se acentúa debido a la construcción de las brujas europeas, teniendo en cuenta el Malleus maleficarum (1486) donde se afirma que Hécate era adorada, provocando una imagen negativa de la diosa que, debido a sus elementos oscuros —su papel con los muertos, protectora y castigadora, y especialmente el tema de la hechicería —provocaron que los cristianos a finales del periodo romano pudieran satanizarla a ella y a sus animales sagrados, pasando a ser considerados “criaturas de la oscuridad”.  


Diana: la diosa de los romanos


Cosa curiosa es la diosa de los romanos; tres caras diferentes, tres diosas diferentes y, abarca de igual o mayor medida a las diosas griegas Artemisa, Selene y hasta a Hécate.

La diosa Diana era originalmente deidad de la cacería y la protección, venerada por los pueblos indígenas itálicos, llegando a ser invocada con su jauría de perros para espantar a los ladrones. Se movía a través de la naturaleza salvaje, pero también era señalada como la protectora de las mujeres y los partos —de allí su equivalente con Artemisa—, fue a través de la influencia de autores romanos como Cicerón que adquirió epítetos y la identificación con la diosa Artemisa —por ende, su identificación con las otras dos diosas lunares; Selene y Hécate—, lo que le permitió adquirir posteriormente el título de diosa lunar.


Sin embargo, para todo aquel proceso, la figura de Diana se mantuvo como una diosa salvaje y extranjera —caso muy similar al de Baco— debido al punto territorial en la que sus templos fueron desarrollados, y por mucho tiempo fue adorada por las clases bajas y los esclavos, quienes recibían asilo dentro de sus templos.


De esta forma podemos señalar que la diosa Diana se encuentra estrechamente vinculada a un aspecto salvaje de la luna, presente en la naturaleza y rompiendo, al igual que el dios Baco, las jerarquías impuestas por la sociedad.


La búsqueda de conexión con la luna: paganismo y neopaganismo


Una observación curiosa al mundo actual es como el descontento por las instituciones religiosas tradicionales han provocado un creciente interés en el paganismo contemporáneo —conocido por otros nombres como neopaganismo o simplemente paganismo— ha buscado voltear hacía atrás y recuperar estas antiguas tradiciones y lo que significa la luna. En sudamérica nos encontramos con la revalorización de las figuras religiosas, en donde estas deidades indígenas son recordadas como un patrimonio cultural, un recuerdo de los antepasados. En muchos casos incluso, los gobiernos o los movimientos culturales han optado por brindarle homenaje a sus antepasados a través de danzas o días festivos en donde grandes grupos se suman a honrar a la naturaleza y, por ende, a la luna.


La sobrevivencia de las creencias ligadas a las fases lunares persisten a través de, por nombrar ejemplos, el corte de pelo en un periodo especifico de la luna, la limpieza de piedras para “cargarlas” con energías, así como también la curiosa creencia de que la luz de la luna posee algo mágico. Esto lo podemos calificar como un medio que ha tenido lo místico para sobrevivir ante el derrumbe provocado por la ciencia y las religiones.


Volviendo al camino del paganismo, los cultos de Diana persisten a través de la llamada wicca diánica que se trata de una tradición monoteísta de culto a la diosa, dentro de la Wicca. La mayoría le rinden culto a la diosa, manteniendo una creencia monoteista —no estrictamente ya que existen otras corrientes del paganismo que son politeístas o adoran también a una deidad masculina — señalando como fuente de toda vida y contiene todo dentro de ella. Estas creencias se apoyan en la teoría de un orden matriarcal extendido y/o universal donde la diosa poseía culto y no se practicaba la guerra, sin embargo, estas culturas fueron lentamente suplantadas por los grupos patriarcales quienes englobaron los mitos de las diosa Madre —o en caso plural, las diosas—  y provocaron la adoración de los dioses guerreros.

Pese a la ideología feminista que engloba este grupo de wicca, los llamados “aquelares” suelen ser mixtos, ya que no busca promover un discurso de desigualdad, una de las diferencias particulares es cómo estos grupos se mueven dentro de los aquelarres wiccanos: en muchos grupos diánicos la igualdad y la capacitación personal de todos es la regla; a menudo la posición de Suma Sacerdotisa o líder ritual —muy utilizado en la wicca y para jerarquizar dentro del grupo, ya que el lider, hombre o mujer, tiene que ser una persona que haya escalado por todos los rituales para poder guiar a los demás— rota entre las mujeres y/o hombres por cada aquelarre (Sabbat), por lo que todas las mujeres en el coven tienen la oportunidad de dirigir. Las decisiones tomadas dentro del grupo a menudo son consensuadas por todos los integrantes. Depende del grupo si ofrecen iniciación o no, ya que suelen moverse por sistemas menos jerárquicos como hemos visto. 


La luna no ha dejado de ser adorada y sus figuras religiosas han pasado a formar parte del mundo literario, artístico, cinematográfico e incluso, como hemos observado, han resurgido dentro de las creencias neopaganas. De este modo, la luna en su dimensión divina no ha dejado de existir, ni tampoco ha dejado de ser musa para muchos de nosotros. Se trata de una huella cultural que nos conecta entre sí y con nuestros ancestros.


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