¿Dios es una mujer?
Cabe destacar que el siguiente análisis no se debe tomar como información veredicta, puede ser tomado como una conclusión del sincretismo religioso, apoyado de fuentes históricas y de investigación.
Cuando el cristianismo católico tomó el control y se impuso como la religión principal de la Antigua Roma, eliminando y descartando las religiones paganas, se optó por algo particular: la adoración de la unidad. La creación de una divinidad que cumpla tanto el papel masculino y femenino.
De esta forma, Jehová, aunque es señalado como divinidad masculina —en especial por su título dentro de las oraciones y la biblia como “El Dios Padre” o “Dios Padre Poderoso”—, de alguna forma al momento de analizarlo, nos encontramos con características que fácilmente podrían ser atribuidas a divinidades femeninas; cualidades como la creación y la destrucción corresponde al papel divino femenino.
Bajo la adoración de la unidad, se esconden discursos políticos y de poder, especialmente el control del cuerpo femenino, optando por dar mayor importancia al hombre dentro de la religión. Recordemos así que dentro de las religiones y las transformaciones de divinidades, se esconden procesos históricos y políticos; el triunfo de una deidad masculina, la cual ejerce un papel femenino, disfrazado de masculino —siendo El Padre uno de los títulos que el dios cristiano utiliza, demostrando el poder que el género masculino posee—. Curiosamente son las religiones monoteístas —las que adoran a un solo dios, creador de todo y curiosamente de género masculino —las que poseen mayor referencia al control del género femenino, alimentando el discurso machista.
Pero las cosmovisiones que han sobrevivido —tachadas de mitológicas, paganas e incluso menospreciadas por el sistema religioso actual— ; repiten un esquema constante, una normativa curiosa y es la presencia de un matrimonio sagrado que refleja la dualidad y el equilibrio:
Matrimonios divinos en las mitologías
Los antiguos griegos, en su sistema politeista, las divinidades gobernantes de cada reino —cielo, mar y bajo mundo— poseían su esposa, las cuales reflejaban su contraparte: Zeus, el rey de los dioses, quien controlaba los rayos, la tormenta y se aseguraba de la justicia divina, estaba casado con su hermana Hera, quien era la representación del orden político y familiar. Poseidón, divinidad de los mares y los terremotos, conocido por ser uno de los dioses más impulsivos, estaba casado con la divina Anfitrite, quien era la representación de la calma y la vida marina, siendo la única capaz de calmar a su esposo permitiendo los viajes marítimos seguros. Por último, tenemos a Hades, dios del inframundo, por ende, encarnaba la infertilidad y la oscuridad del mundo subterráneo junto a sus tesoros y su esposa Persefone, quien poseía una dualidad al ser una divinidad que traía la fertilidad en su regreso a la tierra. De esta manera, las parejas se complementan en una dualidad que refleja el equilibrio: el orden político —Zeus y Hera—; la destrucción y el orden marítimo — Poseidón y Anfitrite —; la vida, la muerte y la resurrección —Hades y Perséfone.
Pero este esquema, suele repetirse en otras mitologías, como el caso de las culturas hispanoamericanas, donde cada divinidad posee a su esposa como oposición, representando un aspecto ordenado y amoroso. Proponemos el caso de las divinidades de las aguas en la mitología azteca:
Tláloc —que significa “el que está cubierto de tierra”— era la divinidad de las aguas y las tormentas, por ende, también de las inundaciones, representando el descontrol de este elemento y sus consecuencias, mientras que su esposa, Chalchiuhtlicue —que su nombre significa “la de vestido de jade”—era la encargada de ordenar los diluvios y organizar las aguas que tocaban la tierra en ríos y lagunas. Su matrimonio vuelve a hacer hincapié en un principio divino donde ambas divinidades son esenciales no solo por el control, sino por el equilibrio que favorecía tanto a la naturaleza, como a la comunidad indígena.
Nyx es la diosa primordial oscura que representa el cielo nocturno, nacida del caos primordial según el relato de Hesíodo, se une a Erebo —deidad primordial que representa la oscuridad y las sombras—, de la cual concibe deidades vinculadas a este equilibrio, pariendo a Hemera—divinidad primordial que representa el día—, Tanatos —divinidad que encarna la muerte pacífica—, Hypnos —divinidad del sueño—entre otros, como la encarnación de la venganza y la discordia —ya que, de acuerdo a la versión, se considera a Eris una de las hijas de Nyx.
Por otro lado, en la antigua mesopotamia, nos encontramos con la diosa Tiamat, una deidad marina primigenia, considerada la creadora de la vida. Apareciendo en el poema Enūma Eliš —poema babilónico que narra la creación del mundo—, como la diosa del mar salado y las profundidades, casada con el dios de las aguas dulces Abzu, creando de manera pacífica a través de un mar tranquilo del cual emergen los primeros dioses. Otra versión, sugiere un origen violento, en donde Tiamat es representada como una serpiente monstruosa marina, siendo considerada la encarnación del caos primordial.
Religiones vigentes como el hinduismo resaltan la importancia de lo femenino tanto en sus prácticas sagradas como en la configuración de sus deidades. Un concepto clave es Shakti, la energía cósmica y el principio creador absoluto que complementa la fuerza transformadora de Shiva. En esta cosmovisión, lo masculino y lo femenino no compiten, sino que se integran en una dualidad que dota a su espiritualidad de una riqueza enorme. Esta divinidad femenina posee una naturaleza dual, manifestándose tanto en aspectos creadores como destructivos: Durga representa la faceta maternal, protectora y nutricia de la Diosa Madre, mientras que Kali encarna la fuerza destructiva, salvaje y transformadora necesaria para la regeneración del cosmos.
Al comparar estas mitologías, resuena con fuerza una contradicción: la imagen de un dios masculino que ejerce roles históricamente femeninos al crear de la nada y dar vida con su aliento. Curiosamente, la doctrina nos enseña que el dios bíblico carece de forma y género. Sin embargo, la idea colectiva de un hombre barbudo entronizado en las nubes responde a un profundo sincretismo cultural. El nacimiento del cristianismo institucional ocurrió dentro del Imperio romano; por ello, la iconografía asimiló elementos de cultos paganos previos. El ejemplo más evidente es Júpiter —el Zeus griego —, de quien se heredaron los atributos visuales definitivos del dios abrahámico: el anciano sabio sobre las nubes que imparte justicia y ordena el cosmos.
Debemos recordar que la Biblia es una compilación de textos seleccionados donde, mediante un riguroso proceso de edición, se censuraron y destruyeron aquellos escritos que no se alineaban con el dogma oficial. Hallazgos arqueológicos recientes —como inscripciones en vasijas antiguas— confirman que, antes de la consolidación del monoteísmo estrictamente masculino, el pueblo hebreo adoraba a un matrimonio divino. Esta unión sagrada sobrevivió de forma oculta en las escrituras: el nombre de la esposa de Dios —conocida como Ashera— aparece unas 40 veces en el texto original hebreo. Sin embargo, para erradicar su culto, los traductores posteriores alteraron el término, convirtiendo a la Diosa en un simple objeto ritual o árbol sagrado.
Mediante esta asimilación, el rol de la divinidad femenina —su potencia creadora, su misticismo y su capacidad de transformación— fue absorbido por el arquetipo masculino tradicional, dando origen a un Dios monoteísta absoluto. Así, la imagen del Dios judeocristiano institucional emerge como un constructo político: una estrategia donde lo femenino fue desterrado de la cosmovisión sagrada para centralizar y consolidar el control social.

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